En el año 1969, Leonor y su
novio tenían 17 años. Se conocían desde los 11 años y tenía mil planes juntos.
Pero una noticia imprevista cambiaba todo el plano previsto: La joven novia estaba
embarazada.
Leonor decidió hablar con su
madre y su abuela. Luego de momentos de tensión, llantos y desorientación la matriarca propuso la
solución para sortear esa traba para un futuro prometedor. Leonor no tenía
motivos para desconfiar, siempre la habían cuidado y era la niña de los sueños
de su familias.
Cuando estaba con ocho meses
de embarazo, Leonor, su madre y su abuela ingresaron por la puerta de la
maternidad de wildes, que estaba en flores y moreno. Ahora hay un edificio de
departamentos.
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“yo
confiaba en mi abuela. Ingresamos a una sala de internación y luego mi mama y
mi abuela desaparecieron. Me quede sola” – Cuenta Leonor-
Después de un buen rato la
trasladan a un consultorio y la acuestan en una camilla. Ahí ve por primera vez a la Partera Juana Elena
Feinsevich y al Médico militar, hoy juzgado por crímenes de lesa humanidad,
Jorge Antonio Berges.
La acostaron en una camilla
y le pusieron una inyección en el vientre.
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“Él
se moría de la risa. Decia que no se dejaba pinchar” – cuenta Leonor-
Era primeriza y pensó que
formaba parte de los controles de rutina. Rápidamente entro en trabajo parto y
en muy poco tiempo pario un hijo que llego a ver vivo y saludable.
Una enfermera que andaba por
los pasillos, al escuchar los gritos de Leonor durante el parto, se acercó a
consolarla. Le decía que se tranquilizara porque cuando viera el niño que tuvo
se iba a olvidar de todo.
De repente entra la partera Elena
y la hecha al grito de “que haces vos
acá. Mandate a mudar o queres que vayamos todos presos?”.
En la misma camilla la
llevaron al primer piso y la dejaron aproximadamente una hora sola en una habitación
pequeña al fondo de un pasillo. Ahí, Leonor, recibe la noticia de boca de la
Partera Elena que el bebe había nacido muerto.
Ello no cree en lo que le
dicen y pide que le traigan el cuerpo que nunca se lo entregaron.
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“Yo
lo vi vivo. Yo sé que estaba vivo” – afirma Leonor.
Pocos minutos después, convaleciente, sin un certificado ni
constancia de alta, le dijeron que se fuera. Llego a su casa a duras penas y su
vida transcurrió con esa duda.
Su novio de toda la vida,
fue su marido hasta el día de su muerte. En los primeros años no le creyó que
había visto al hijo de ambos vivo.
Nunca tuvo ni certificado de
nacimiento ni de defunción. Pasaron los años; tuvieron otros hijos y con el
tiempo su pareja comenzó a convencerse que Leonor tenía razón. La ayudo a
encarar la búsqueda pero murió.
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“No
pudo abrazar a su hijo. Yo no quiero que me pase lo mismo” – dice Leonor entre
lágrimas.
Siempre insistió hasta que
su abuela antes de dejar este plano de la vida le reconoció que el niño estaba
vivo y que había sido vendido por la partera y el médico Berges a una familia
que desconocían. Ellos se habían encargado de todo.
Hay muchas historias como la
de Leonor. Pero son pocas las madres que se animan a hablar debido a los
prejuicios que caen sobre ellas. Otras entregaron conscientemente a sus hijos o
hijas, acorraladas por distintas circunstancias pero suelen ser excluidas o mal
tratadas por ese hecho y por eso prefieren callar y guardar semejante dolor.
Es importante que el estado
genere los recursos institucionales para ayudar la búsqueda y repare historias.

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